sábado, 20 de junio de 2015

PENTECOSTÉS: ALGO MÁS QUE UNA CUESTIÓN DE IDIOMAS

Nora Pflüger

    “Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en la hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada .La palabra es fuente de malentendidos. Pero cada día, podrás sentarte un poco más cerca…”
                   Antoine de Saint Exúpery: “El Principito”

 “Cuidado, nena: sacate ese gorro, que si se asoma la Reina a la ventana, nos van a meter presos a todos” me dijo un señor del contingente argentino, hace ya unos cuantos años, cuando en grupos de visitantes de distintos países, hacíamos fila para conocer la desabrida solemnidad del castillo de Windsor. Con varias familias platenses, llevábamos varios días en Inglaterra, que me fascinaba por el idioma pero me indigestaba por la repetición del dibujo del escudo de la casa real, desde el costado del camión que repartía la leche hasta el fondo de los jarros de cerveza. Y yo no había renunciado a usar mi gorrito con visera, comprado el verano anterior en Mar del Plata, donde aparecía una foca vestida patrióticamente de celeste y blanco.
   La caravana avanzaba lentamente, con sufrida paciencia. A un lado, unos soldaditos de la Reina nos vigilaban, con los ojos casi tapados por sus enormes turbantes negros, de los que asomaban un tronquito y unas piernitas tiesas. De pronto, un zumbido en lo alto nos hizo levantar la cabeza a todos. Pasaban los aviones de la Royal Air Force. Al verlos, el soldado que estaba más cerca de mí se cuadró y pegó una soberbia patada en el suelo, como para quebrar una baldosa. Era (según me explicaron después) el gesto que la guardia debía hacer en ese momento, en homenaje a la Reina. Pero lo hizo tan cerca de uno de mis pies que si no lo retiro a tiempo, me lo recalca. Furiosa, sin recordar el territorio en que me encontraba, le lancé un criollo: “ ¡Eehhh…pero no seas bestia!” El turbante con patas permaneció inmutable. Entonces, me aparté un metro, elevé los ojos al cielo y me santigüé, como si hubiera visto al mismo Mandinga. Creí que todo había terminado ahí, pero al volver la vista al frente, me encontré con la mirada pícara y cómplice de veinte turistas japoneses que habían presenciado la escena y ahora, en perfecto orden, me captaban con sus cámaras, festejándome con sonriente malicia. Parecían decir: “Japonesito no habla, pelo a éstos, japonesito también se las tiene julada…” Claro está que no  hubo palabras. No hacían falta. Y hoy, cuando recuerdo el episodio, pienso si en un viejo rollo de película de entonces, o en alguna diapositiva desteñida, no andará todavía por Japón la imagen de la chica argentina que desafió al soldado británico, bajo el zumbido de los aviones de Su Graciosa Majestad.
  Otro país, otra tarde del mismo viaje: Lourdes, en el Pirineo francés, a pocos kilómetros de la aldea natal del padre de mi abuela materna. El pueblo estaba colmado de peregrinos, las curvas de la calles nos confundían y ya habíamos protagonizado varios “bloopers” intentando hablar francés con una procesión de italianos e italiano con unos devotos franceses. Entramos en una tienda de regalos. Había varios dependientes, pero a mí se acercó a atenderme  una jovencita parecidísima a Bernardette e idéntica a la foto de una de mis tías cuando iba a la secundaria. Ni ella hablaba español, ni yo el dialecto de la región: el caso es que no sé si fue el ADN, o algo más profundo, pero al minuto, sin entendernos más que por señas, éramos casi amigas… y me fui llevándome bajo el brazo un montón de  estampas y medallitas más que las que había resuelto comprar.
 Otro episodio, ahora en Argentina. Ese año, con esfuerzo digno de mejor causa, daba clases de Teología católica –en una institución supuestamente ídem- a un grupo de jóvenes de los de “creo en Dios pero no en los curas” y “no me acuerdo de nada porque me bautizaron cuando era muy chico”, junto a los cuales cursaban también, mezclados y calladitos, algunos alumnos de credo judío. Con tal de que pagaran la cuota, la institución aceptaba alumnos de diferentes religiones, lo cual no significaba que el ambiente estuviera preparado para que todos se sintieran  cómodos. Por eso, para evitarnos mutuamente los problemas (y esquivar las burlas del resto de la distinguida concurrencia), los judíos y yo hacíamos lo del Principito con el Zorro: nos mirábamos de reojo, mientras yo aparentaba no darme cuenta de su filiación, y ellos fingían no darse cuenta de que yo estaba fingiendo no darme cuenta. Y así la íbamos pasando, en  medio del más coqueto disimulo, cuando una noche muy cruda de invierno, con el aula a puertas cerradas, a otro de los estudiantes se le ocurrió hacer una broma de humor negro sobre la estufa de gas, que en ese momento estaba perdiendo combustible. Como en un acto reflejo –que no pude controlar- mis ojos fueron hacia los de los judíos, y los suyos a los míos. Miles de años de persecuciones y de horror desfilaron por un instante por nuestra imaginación, como un relámpago. Luego, la idea silenciosa de “Qué desubicado” sustituyó en nuestras miradas al primer movimiento de espanto; otro estudiante –un buen samaritano- hizo una broma que disipó la primera; abrimos un poquito la ventana… y el asunto pasó. Pero conservo en la memoria aquella clase, aquel medio minuto en que el tiempo se detuvo, aquella estremecedora telepatía.
  Por eso me pregunto si lo de Pentecostés, con los Apóstoles comunicándose con hombres de todos los pueblos  en distintos idiomas, no habrá sido -como habitualmente lo imaginamos- un fenómeno auditivo, sino una especie de experiencia telepática. Y si esa facultad extraña de podemos entender sin palabras, estemos cerca o lejos, que tanta inquietud y esfuerzo despierta en los parapsicólogos, no será en el fondo una reacción de nuestra sensibilidad, bajo la gracia de Dios, cuando estamos realmente atentos a lo que pasa en el corazón del otro.

El hombre de gris.

Francisco Andres Flores

La última vez que lo vi entraba caminando a la Iglesia.  Se paró en la puerta, saludó a los que esperaban bajo la lluvia, y entró.  Luego se detuvo varias veces saludando gente, desde el atrio hasta el altar, y la canción que teníamos que tocar debió repetirse 3 veces.  A la multitud eufórica, sin embargo, no le importó cantar tres veces lo mismo.  Él siguió caminado, pausadamente, nada lo apuraba.  Hace mucho tiempo estuvo solo; luego, cuando el trabajo y la coherencia fueron dando sus merecidos frutos, fue criticado a diestra y siniestra por su estilo y sus decisiones.  Sin embargo hoy, 25 de Julio de 2013, las cámaras lo buscan y las miradas se posan en él: dirá palabras memorables e iniciará una revolución entre los jóvenes argentinos.  
Mientras lo contemplo ingresando de blanco recuerdo que no es la primera vez que lo veo: ya hemos coincidido en varios eventos, e incluso otras veces he tenido la distinción de tocar en su presencia.  Recuerdo particularmente una: entonces él vestía de gris y participaba de un reunión ecuménica en el Luna Park.  Yo había sido convocado a  tocar en una banda musical mixta de evangélicos y católicos, armada para la ocasión, y él era uno de los principales oradores.  Mi cabeza vuela entonces a una mañana helada del mes de Junio del año 2006.
Despertaba en La Plata.  Aquella mañana fría era lunes y feriado, y todos los caminos hacia Buenos Aires se alargaban.  A menudo los caminos del Señor se tornan un laberinto; y sabe Dios que muchas veces he llegado impuntual y desprolijo a su cita, extraviado en los recodos y dificultades que la vida pone frecuentemente a las buenas intenciones.  Ese día no fue la excepción: mientras los colectivos se tomaban su tiempo para llegar y partir desde La Plata, yo, como siempre, atrasado pero cabeza dura, memorizaba en mi mente los tonos de las canciones pobremente aprendidas.  Sabía que sería muy difícil entrar al Luna Park: no tenía credencial, llegaba lo suficientemente tarde como para que todos estuvieran dentro y, además, el celular que tenía en esa época dejaba de funcionar apenas entraba a Buenos Aires.  Con ese panorama sombrío cruzaba sin embargo en bondi los antiguos bañados costeros hacia la Capital, confiado en la Providencia y (lo confieso con algo de vergüenza) en cierta habilidad particular que tengo para entrar sin autorización en eventos de todo tipo.  Así como leen.  Sé que no es una virtud, y sería irrespetuoso decir que es un don.  Pero créanme, es más que solo buena suerte.  ¡Cuántas veces la vieja cancha del Lobo me vio desplegar esa singular destreza!  Imposible describir aquí todos los ardides y estrategias.  Cuando la silueta me lo permitía me trepaba por encima de los alambrados o pasaba entre los viejos tablones de la tribuna del bosque (muchos de mi generación que leen esto han hecho lo mismo).  Cuando los años dieron su toque plañidero a la agilidad y la fuerza, la astucia suplió la carencia del físico.  No importa si final, clásico o partido indiferente: siempre encontraba una manera.  Como decía antes, imposible mencionar todas; pero recuerdo bien la última, en el cierre del repechaje contra Rafaela, en 2010: después de sortear una lluvia de piedras y balas de goma, con carga de cosacos incluida, pude entrar por un costado, tranquilo y silbando bajito, para festejar el segundo gol de Marco Pérez aferrado con uñas y dientes (literal) a los postes de la platea descubierta de 60.
No me enorgullece decirlo, pero podría hacer una larga lista de eventos ilustres (y no tanto) a los que entré, en mi época de estudiante, sin entrada ni permiso ni soborno: desde un show de Los Carabajal en el Club Atlético City Bell hasta una magnífica puesta de la ópera Peleas y Melisande, de Debussy, en el Teatro Colón, pasando por la Novena Sinfonía en el Argentino (cuando funcionaba en calle 49) y los palcos preferenciales del Monumental en el legendario cierre de la gira de Amnesty International en el ´88.  Pensé, entonces, que el Luna Park no podía ser más complicado que cualquiera de esos lugares; así que seguí confiado, rezando y pensando que, si Dios quería que entrara a tocar, entraría y tocaría.
Afortunadamente el Luna no fue invulnerable y Dios abrió las puertas necesarias.  A pié y con la guitarra al hombro entré inadvertido por la zona de carga y descarga, justo detrás del escenario, donde mis compañeros de banda me dieron la credencial pertinente.   A los pocos minutos ya estábamos tocando sobre el escenario. 
Tocábamos canciones bastante básicas, de esas religiosas que se saben todos, nada especial ni demasiado emocionante desde lo técnico.  Pero nos lo tomábamos como en un fogón, como cuando uno canta no tanto por la belleza de lo que canta sino por el momento en común compartido.  Así transcurría el evento, agradable y eufórico en el encuentro de los hermanos en la fe; y las exposiciones se iban sucediendo alternadamente sobre el escenario.  Esto me dio una posición privilegiada para ver lo que voy a contarles.
El orador inesperado al fin apareció en las gradas.  Cuando se subió a exponer, vestido de gris, sin pompa ni nada que ostente sus cargos, empezó a tejer una historia que hilvana sus hilos en una trama más allá del Atlántico.  Resumió en tres palabras las historias de encuentros y desencuentros entre cristianos, habló desde el corazón, y al terminar dejó un gesto perenne que aún recuerdo: pidió a todos los presentes, evangélicos y católicos, que recen por él.  No sólo lo pidió: se arrodilló delante de ellos; y todos ellos, de pié, oraron imponiéndole las manos.
Yo miraba detrás, a pocos metros, incrédulo entre las cortinas del escenario; rezando, como todos, por él.  Y pensé, sabiendo que este hombre había estado cerca de ser elegido Pontífice a la muerte de Juan Pablo II pensé, decía, que ese hombre realmente merecía ser Papa.  Y que sería hermoso tener un Papa así, que desande con humildad los caminos del reencuentro entre los hermanos separados, y que sea capaz de arrodillarse ante sus semejantes como lo hacía entonces, un 19 de Junio de 2006, el cardenal primado de la Argentina.  Como lo hizo alguna vez Cristo al lavar los pies de sus discípulos
No hace falta decir que le dieron con todo, desde diestra y desde siniestra, como siempre lo hacen los intolerantes que, en su dureza, no pueden reconocer los gestos desestructurantes del amor de Dios que se acerca a los hombres y elige, muy a menudo, instrumentos imperfectos y pequeños. 
La voluntad de Dios tiene caminos insospechados y hoy ese hombre es el Papa Francisco. 
Nunca lo conocí personalmente.  Nunca hablé con él.  Simplemente coincidimos en un par de eventos, él como un protagonista de la historia y yo como un polizón privilegiado.  Aún no sé cómo entré al Luna Park ese día; tampoco sé cómo fue que con Filocalia terminamos tocando para él en la Catedral de Río, durante la JMJ.  Pienso que la misericordia de Dios me regaló un par de eventos a los cuales realmente valía la pena colarse.  Tal vez de la misma manera, tarde y por la puerta de atrás, con la guitarra al hombro, me deje entrar al Paraíso.  Mientras tanto, apenas un peregrino de fe titilante sobre la tierra, celebro la bondad de Dios que se acerca a los hombres con gestos inesperados, desde la pequeñez y la humildad, alumbrando el camino del cielo.



Videos:

Link a un video del evento ecuménico en el Luna Park, con un resumen del discurso del entonces Cardenal Bergoglio:

Link de un video de la entrada del Papa Francisco a la Catedral San Sebastián, de Río de Janeiro, en 2013:

miércoles, 10 de junio de 2015

Las cosas no tienen mamá



Cecilia López Puertas



En una cajita de fósforos
se pueden guardar muchas cosas.
Las cosas no tienen mamá.



(“En una cajita de fósforos”, María Elena Walssh)





Quizá el momento en el que tendría que haber terminado la licencia de maternidad sea precisamente este. Intuyo que solamente hoy, ahora, puedo poner por fin sobre la mesa otra vez esos hilos con los que se teje lo que escribo.
Hace unos siete meses atrás, cuando escribía sobre mis días de embarazada buceadora, vislumbraba qu

lunes, 1 de junio de 2015

La mochila terrorista

Por Daniel Rojas Delgado

Mi nombre es Emiliano. Ese día, después de acomodarme en el asiento del colectivo que iba rumbo a la capital, me llevé un susto que me estremece al recordarlo. Yo escribía unos mails a varios socios de la empresa cuando el joven que estaba sentado a mi lado, de jean, camisa y zapatillas de marca —¡quién lo diría!—, abrió el cierre de su mochila y sacó aquella cosa vieja y maloliente, mirándome de reojo.

—¿Qué pensás hacer con eso? —le pregunté, poniéndome de pie, con el dedo índice extendido, tenso.

—No tenga miedo, por favor. No pienso hacerle daño.

—Entonces guardalo —creo que le ordené en voz baja, y comencé a sudar.

Por la ventanilla se veía, a cien metros de la ruta, decenas de vacas que pastaban sin prisa mientras los autos y camiones pasaban disparados. Mi corazón aceleró el bombeo de sangre; pensé que estallaría.

—Bajá eso o me voy a otro asiento —amenacé, buscando con la mirada un lugar vacío, aunque no lo encontré.

—¿Qué le pasa, señor? Soy una buena persona.

—Guarda esa cosa. ¿No ves que hay criaturas acá?

En ese momento alcé la voz y varios pasajeros me miraron; otros dormían, como si nada. Seguramente no comprendían lo peligroso de aquella situación. Imbéciles.

—¿Usted a qué se dedica? —se atrevió a preguntarme el desgraciado.

—Yo no hablo con terroristas.

—¿Qué? ¿Por qué dice eso?

—No hablo con gente como vos —repetí.

—¿Es feliz, señor? —él quería llevar la conversación hacia otro lado.

—¿Cómo? —le pregunté.

—Qué si es feliz —insistió.

—¿Y vos lo sos? —repliqué.

—Sí. De vez en cuando.

El colectivo aceleraba cada vez más, como si todo marchara correctamente.

—¿Qué pensás hacer de tu vida?

—Ésta es mi vida —me respondió, sonriendo.

—Te estoy hablando en serio —comenté. Empezaba a enojarme—. ¿No querés ser alguien en la vida? ¿No tenés una notebook o un celular, algo barato aunque sea?

Tras un suspiro pronunciado, me respondió:

—Sí, los tengo guardados.

—¿Y entonces? ¿No ves que te estás arruinando el futuro?

—¿El futuro? Mi vida no pasa solamente por esas cosas.

—Guardá el arma —le recordé, insistiendo por última vez—. Debería darte vergüenza andar así a tu edad.

—¿Arma? —preguntó y puso cara de que no entendía.

Negó con la cabeza y frunció los labios. Luego continuó leyendo su “libro” —un eufemismo que usa la gente ignorante para nombrar al terrorismo cultural, que desgraciadamente algunos todavía difunden— y yo viajé parado el resto del viaje.
Este cuento fue publicado originalmente en la Revista FronteraD

viernes, 29 de mayo de 2015

De la escuela a las urnas. Ideas para pensar al kirchnerismo en la educación.



Juan Pablo Olivetto Fagni


En este artículo, construiré mis reflexiones alrededor de tres ideas sobre los resultados de algunas de las políticas educativas kirchneristas.

- En lo educativo, tenemos una élite académica progre y grandes mayorías tradicionalistas.
- Aumentó la participación de los alumnos en las escuelas y en otros espacios.

- Scioli no es Cristina.





            Incluyo en “las mayorías tradicionalistas” en cuanto a lo educativo, a aquella

viernes, 22 de mayo de 2015

Aporte en harapos Dedicado a la vanguardia revolucionaria.

Por X


Que facil de apuntalar sale la vieja moral 
que se disfraza de barricada 
de los que nunca tuvieron nada 
que bien prepara su mascarada 
el pequeño burgues. 
 
(Silvio Rodriguez, Canción en Harapos)


Lenin, en “Estado y Revolución”, dice que no se puede esperar nada de una legislatura pequeña burguesa, que cualquier cosa que saliera de allí, obviamente, respondería a los intereses de la clase gobernante. Entonces, ¿cómo, en el siglo 21, algo que vota el PRO, la UCR, el PJ puede ser progresista?


Las preguntas pueden seguir y seguir, pero vamos a detenernos en el tema de moda “el feminismo y la cuestión de género”. Hace unos años atrás, una madre, de esas prudentes y revolucionarias, decide o requiere a la justicia, el cambio de género de su niño de seis años. Esta situación, conflictiva para la época, marco un antes y un después en la mente de personas conservadoras como yo.

Las incógnitas fueron muchas, los planteos y debates también hasta que alguien, con muy buen tino y con mucha idoneidad-militante del genero (no es que milita en una curtiembre eh)-me afirmó “vos no entandes nada, la sexualidad no es natural, es una cuestión cultural…hoy nada es natural”. De esa manera, me desayuné de muchas cosas. Paso un poco de lista:


- La idea de “cuestión cultural”: que yo sepa, el patriarcado no solo fue impuesto por la Iglesia, sino, por el capital y la propiedad privada. Entonces, fue el sistema capitalista el que impulsó la política de patriarcado, a fin de conservar su predominio. Por lo tanto, hoy donde un niño, niña o adolescente o mejor dicho un “niñxs”, puede solicitar su cambio de sexo y donde existe un matrimonio que dice ser igualitario (extraña hasta la palabra, que yo sepa somos todos seres humanos), ¿el capitalismo ha sido vencido? 


- Pero que yo sepa, aun existe la plusvalía, el estado lo sigue manejando el poder económico de las finanzas, sigue habiendo tarjetas de crédito, el consumo es brutal ¿Cuál es la cultura que impone la sexualidad? ¿De que revolución me hablan? Pongamos un ejemplo para entender esta situación: Juan es un joven universitario, decide estudiar ciencias económicas y se compromete a realizar su carrera a termino. En ese interin, a mitad de carrera, comienza a trabajar en una empresa multinacional como “junior”. Juan, pospone la formación de su familia y reduce todo a su formación profesional. Juan se recibe con promedio 10, sigue haciendo carrera. Lo ascienden y lo ascienden, situación que lo obliga a hacer un postgrado. Así las cosas, Juancito, le dedica desde los 18 a los 30 años a su profesión y a crecer en el trabajo. En ese tiempo, no conforma familia, no tiene hijos, puede trabajar full time ¿Quién se ha beneficiado 12 años? ¿Quién se ahorro cargas sociales, licencias por enfermedad, actos de la escuela, etc?


El mismo ejemplo, lo podemos poner con Maria o con José. Sin embargo, este último, después de mucho sufrimiento, sale del closet. Se afirma homosexual y después de mucho trajín, se casa con juancito, el mismo del ejemplo de arriba. Los dos, siguen trabajando y siguen creciendo profesionalmente, hasta que se plantean la cuestión ¿Por qué no tenemos hijos?, la respuesta, mal que le pese a mi compañera de la facultad, es obvia. Un hombre, lamentablemente no tiene útero y por consiguiente, tienen dos opciones, adoptan o alquilan un vientre. Sea cual fuera la decisión que tomen, y aquí no se trata de retasar derechos, termina siendo una decisión “vamos a ser padres”. Aquí, entra en el juego otra cuestión, el consumismo.

Luca Prodan, cantaba “No se lo que quiero, pero lo quiero ya”, una decisión que seguro les cambia la vida, pero que en el fondo, sigue siendo una impronta individual, consumista y egoísta.

¿Por eso, de que revolución me hablan?


En tiempos de la modernidad liquida, en momentos donde la globalización ha alcanzado su mayor grado de importancia, donde existen mujeres, de los cinco continentes que figuran como ejército de reserva de la fecundación humana, en lugares donde los derechos elementales son retaceados para unos pocos, cuando se disparan los índices de desigualdad, donde los derechos de las minorías son tan reconocidos que, ya casi no existe mayorías ¿De que revolución me hablan?

La verdad que soy un retrogrado, la verdad que me siento un poco fuera de contexto, pero yo propongo una revolución distinta, yo entiendo, creo y sostengo que el único cambio posible, es la abolición del capital, hasta tanto, mientras siga existiendo las concentraciones económicas, los pobres, desdichados y hambrientos, no van a tener ley ni palenque (estado) para rascarse.

Este mes, Juan Pablo, habló sobre la revolución del amor. Creo que es más que necesaria. Los católicos, no somos reserva moral ni somos “santos”, pero tenemos un deber que resulta ser imprescindible, ser esperanza.


La revolución es esperanza, como lo fue pentecostés. Es momento de salir a la calle a preocuparse por los trabajadores, los niños con hambre y por cambiar el individualismo por prójimo.

Para ello, tenemos que hablar distintas lenguas y no encasillarnos. No discriminar y tratar de ser inclusivos. 


Al que quiera tergiversar este aporte. Al que quiera, decirme homofóbico, retrogrado y chupa cirio, antes que me preguntes, te interrogo  ¿Estas afiliado a tu sindicato? ¿Militas por los derechos de los trabajadores? ¿Te consideras, porque vas una Universidad, a la que solo acceden el 7% de los pibes de tu misma franja atarea, Revolucionario? Burgueses y revolucionarios de café. Abstenerse, sigan escribiendo para su minoría ilustrada y hablando de pobres entre universitarios.


Que facil es escribir 
algo que invita a la accion 
contra tiranos, contra asesinos 
contra la luz o el poder divino 
siempre al alcance 
de la vidriera y el comedor. 
Viva el harapo, señor....(Silvio Rodriguez, Canción en Harapos)






miércoles, 20 de mayo de 2015

Editorial: 25 DE MAYO DE 1810: SABER DE QUÉ SE TRATA





  Un antiguo profesor de la Escuela de Periodismo de La Plata –hoy Facultad-, de los pocos que no confundían la docencia con las banderías políticas, solía advertir ante una clase en la que abundaban las bocas de ganso: “El primer deber de un periodista es el de estar bien informado”.
  Hablamos muchas veces por hablar, sin documentarnos… y lo hacemos todos, no solamente los periodistas. A esta tontera se agrega que solemos dar por sentado lo primero que se nos ocurre sobre una situación, sin analizarla. Así, cuando en la escuela nos contaron que la gente reunida en la plaza el 25 de mayo de 1810 empezó a gritar “el pueblo quiere saber de qué se trata”, entendimos que lo único que querían averiguar era qué pasaba ahí adentro y por qué se demoraban tanto, y que los de afuera estaban cansados, y que llovía y ellos querían volver a su casa a almorzar, cuando en realidad, en los términos del Cabildo de entonces, “saber de qué se trata” era literalmente “saber sobre qué asunto se está deliberando (o tratando)”, para ejercer el derecho de vecinos a intervenir y discutir. No eran ganas de volverse a casa. Nuestra pereza mental ha convertido en una reacción de impaciencia criolla lo que en su momento fue un gesto de responsabilidad ciudadana.
  Aprendamos a leer nuestra Historia. No nos quedemos con una primera impresión de los hechos, que suele ser superficial. Y asumamos la costumbre de estar siempre bien informados.

                                        La Redacción