Telenovelas, literatura erótica y renuncias para analizar los éxitos amorosos del momento.
Por Francisco Andres Flores
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| Detalle de "El triunfo de Galatea", de Rafael |
Me tiro a escribir sobre un tema que, lo
reconozco, me es casi absolutamente oscuro.
Digo “me tiro”, porque siento que me estoy tirando a
una pileta. Y digo “oscuro”, porque no solo desconozco la profundidad de esta “pileta”, sino también
porque intuyo que el agua es turbia y desagradable, al menos para mi. Les seré sincero: nunca miré telenovelas ni leí folletines
amorosos. Siempre he tenido el mayor de
los prejuicios (obviamente bien fundado) contra esos subgéneros del arte que, ya despojados de todo
arte, persisten como mero objeto de consumo masivo en los nichos melosos del
romanticismo capitalista. Digo “nichos” porque claramente estamos en el
cementerio del arte; digo “melosos” porque endulzan de
manera abundante y artificial algo que no necesariamente es dulce; digo “romanticismo” (con perdón de Delacroix, Constable, Goya, Wagner, Bizet, Sibellius y
tantos) en el sentido superficial televisivo; y digo “capitalista”,
porque su lógica obedece al
esquema de relaciones humanas que plantea el capitalismo.